AL SON DE LAS GAITAS

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Manuel Gomis

“El 98 % de los edificios que se hacen hoy son pura mierda, carecen de sensibilidad, sentido del diseño y respeto por la humanidad”. Así de guerrero se presentaba el flamante ganador del último premio Príncipe de Asturias de las Artes en la ciudad de Oviedo. El arquitecto Frank Owen Gehry (Toronto, 1929) no parece considerar que su arquitectura sea un mero espectáculo, tal como piensan algunos, ya que ante el periodista que le preguntaba cuál era su opinión sobre los que la etiquetaban como tal, él levantaba su dedo corazón como respuesta. Afirma que él trabaja para gente que respeta el arte en la arquitectura, y por ello no admite preguntas “bobas”. Parece más bien que el canadiense no tenía una respuesta convincente que dar a la audiencia en ese momento.

Pese a que posteriormente se disculpó por el comportamiento irreverente mantenido durante la rueda de prensa, alegando que le habían cogido desprevenido, y declaró que “no pedía a nadie que le contratase” y que lo único que pedía es “que le dejen trabajar en paz”, su imagen dista mucho de la de un discreto y anónimo arquitecto. Continuando su periplo por el norte de España, colocó la primera piedra de un puente con su nombre en Bilbao y fue recibido por el alcalde y demás autoridades locales a ritmo de un aurresku de honor. Todo esto parece transportarnos a otro tiempo, en el cual las estrellas de la época dorada de Hollywood eran recibidas aquí cual deidades que habían decidido bajar del monte Olimpo. El caso de Gehry no es un caso aislado, existe toda una generación de arquitectos que han fabricado un personaje que acompaña indisolublemente a las obras que proyectan, rodeándolos de un halo de admiración y glamour, una suerte de celebrities que han llegado a ser conocidas por el gran público, muchas veces incluso más por sus extravagancias y actuaciones que por su propia arquitectura.

El octogenario arquitecto, que igual se pone a bailar al son de las gaitas en la capital asturiana que se declara un enamorado del patxaran y la merluza al pil-pil, se vio inmerso en esta fiebre por los arquitectos estrella. El proyecto en Bilbao supuso un punto de inflexión en la carrera de Gehry. Es en esta ciudad donde su fama creció aún más, pero se convirtió en una especie de prisionero de la misma. Sus múltiples encargos pedían de sus sugerentes formas sin importar si se trataba de un museo, un auditorio o unas bodegas, demandando un edificio marca Gehry como si se tratara de escultura que colocar en una ciudad. El arquitecto defiende que su obra por si sola fue capaz de marcar un antes y un después en esta urbe, otrora triste y gris, y muda espectadora de un pasado industrial en decadencia, en una ciudad vibrante de la que sus habitantes se sienten hoy orgullosos. Y todo ello, según el propio autor, por un costo “muy modesto y nada ampuloso”. El arquitecto debe haberse olvidado de las cerca de 33.000 finísimas planchas de titanio, cada una de las cuales posee una forma y curvatura única. Pese a ello es incuestionable el importante papel que jugó el famoso museo en la regeneración de la capital vizcaína, así como la aportación de Frank Gehry a la arquitectura. La genialidad de su arquitectura y la innovación en sus inicios es innegable, pero hoy parece haber puesto su arquitectura al servicio de sus formas extravagantes, conseguidas por los más diversos métodos de creación. Aunque no todos sus diseños han gozado de la misma aceptación y el mismo acierto en el encaje urbanístico, como el EPM Museum de Seattle, inaugurado en el 2000 y consagrado a la cultura popular, invitado indispensable a todas las listas de los peores edificios del mundo.

Tras este proyecto, los encargos se sucedieron uno tras otro. Había nacido el conocido como “efecto Guggenheim”, o la transformación de una ciudad por medio de la construcción de un edificio icónico diseñado por un arquitecto del star system. Pero lo que en Bilbao había funcionado, no era necesariamente trasladable a otras ciudades, que fueron detrás de su propio edificio bandera con mayor o menor acierto, como aspirando a la panacea a todos sus problemas, durante la época del boom del ladrillo. Por lo que hoy día, en tiempos de crisis, encontramos numerosos ejemplos de estos colosos, que nacieron sin un objetivo concreto más allá de la ambición de convertirse en meros iconos, sin uso o inacabados, testigos del despilfarro de dinero público en tiempos de bonanza y con un más que incierto porvenir al que enfrentarse. Había entonces una confluencia de intereses entre los promotores inmobiliarios, los citados arquitectos y los partidos políticos, que jugaban a su antojo con el dinero del contribuyente, lo que desencadenó en esta grotesca situación. Al fin y al cabo parece ser que se puede extraer algo positivo sobre la crisis actual: la falta de dinero ha puesto fin a la arquitectura de escaparate.

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