ARQUITECTURA, ECONOMÍA Y PODER

20120110 ESTELA DE PUS

Alfredo Salgado

“We realize… that we are now moving into uncharted territory, a territory characterized by fluid conditions- flows of traffic, flows of human beings, flows of money, flows of work… confronted with this mutation, this new urban condition, we refuse to recognize we are powerless to forestall it…”[1]

Rem Koolhaas

Poder, política, economía y arquitectura, no hay más que decir. Muchos nos hemos preguntado por qué temas de ideologías completamente diversas se pueden entrelazar para lograr generar un bien social, o se pueden truncar desmoralizándose unos a los otros. Todos hemos sido jueces de cómo la arquitectura se ha desdoblado y comprometido por aspectos políticos y socioeconómicos, lo que no nos hemos preguntado es: ¿Cómo y por qué se ha permitido esto? o ¿por qué el arquitecto permite influenciarse a la hora de proyectar? o ¿es el arquitecto a quien se debe culpar de estos deslices magnánimos que han convertido muchas ciudades y metrópolis en monumentos al egocentrismo y a la soberbia de la economía y el poder que los patrocina?

Es evidente que la arquitectura ha mantenido a lo largo de la historia un estrecho vínculo de sumisión con el poder y las figuras que lo representaban. Sin embargo se puede reflexionar sobre el poder que la arquitectura ha adquirido en los últimos años, y ésta no ha obtenido el prestigio de manifestarse por sí misma. Es decir, no ha logrado encarar lo que el arquitecto pretendía proponer en un principio, una arquitectura que hablara de su pureza y su academismo por sí sola, sin verse asociada con ningún grado de poder o economía. Más aún, dentro de los diferentes sistemas que conforman el mapa político global de nuestros tiempos, los arquitectos se ponen al servicio del poder, y pierden todo escrúpulo acerca de lo que fue aprendido, pero principalmente el principio de ética;  los arquitectos dejan de cuestionarse moralmente qué esta bien y qué esta mal, y se dejan llevar por una ligera oportunidad de convertirse en arquitectos mundialmente reconocidos y completamente mediáticos, persuadidos únicamente por la ambición y el apoyo brindados por la hegemonía política y económica que rige a nuestra sociedad. A nosotros, como críticos y espectadores, únicamente nos toca observar como se obstruyen principios ideológicos y se maniobran los proyectos arquitectónicos para evidenciar la contribución con los sistemas de poder.

Graham Owen, en su introducción al libro Architecture, Ethics and Globalization, hace hincapié en los temas ya antes mencionados y evidencia a diversos arquitectos y sus malabares realizados con ambos la economía y el poder, en su rol con la sociedad. Aquí, nos habla de cómo Rem Koolhaas se justifica a sí mismo y a su discurso arquitectónico “An attempt at making two previously incompatible systems- the market economy and the system state control- compatible. The mediating agent between those two dogmas or ideologies we have called corruption, the only agent that can bridge the contradictions”.[2] Con tal discurso únicamente se puede llegar a un circulo vicioso en donde ni la arquitectura, ni el arquitecto, ni la política tienen la culpa. Similarmente sucede en el caso del proyecto del Arco del Bicentenario, un monumento conmemorativo de la Ciudad de México (2010),con motivo de los festejos del Bicentenario de la Independencia Mexicana. Así bien se sabe que en un principio el plan maestro constaba de grandes espacios libres y de recreación, así como amenidades que contribuyeran al bien de la sociedad. Sin embargo el proyecto fallido culmino por ser una simple torre denominada Estela de luz situada en una glorieta del Paseo de la Reforma, dejando mucho que desear. Aunado a esto, el coste del monumento a la idiosincrasia termino por ser mil millones de pesos mexicanos mas elevada que su propuesta inicial. De este modo se cuestiona si los beneficiarios de este robo fueron el arquitecto César Pérez Becerril, el presidente Felipe Calderón o el pueblo mexicano.

Ahora bien, Owen hace referencia también a la ingenuidad que nubla la mente de muchos jurados y políticos al citar a Robert Ivy: “Once a great plan appears, every juror or fellow student can acknowledge  the power of the idea, no matter how errant the method, great ideas attract us with their own energy”.[3] Lo cual nos invita a cuestionarnos si es similar el caso de Fernando Romero en su proyecto para la Ciudad de México llamado Plaza Carso en donde se encuentra el destacado Museo Soumaya. En éste podemos ver como una idea innovadora de un museo y un conjunto de departamentos y oficinas que pretendía convertirse en una mini-ciudad autosuficiente, acaba siendo el monumento a un arquitecto y a su patrocinador Carlos Slim, que no tiene vinculo alguno con la ciudad o el entorno que lo rodea. En donde un trabajador no puede degustar las ofertas gastronómicas que en este centro se ofrecen con el salario que gana. Es decir que no se toma en cuenta un proyecto en donde “the action that yields the greatest financial return to the individual or firm is the one that is most beneficial to society”[4] en otras palabras, no se logra una utopía en donde se beneficien ambos el usuario y la firma y el despacho que lo proponen.

Ahora bien, si reflexionamos acerca de “socialization into the ethical construct of the profession and the discipline begins in the university, yet the discussion of ethics in schools of architecture  has tended to focus upon the professional relations among architect, client and society.”[5] En donde Romero se ve con una oportunidad de realizar un masterplan multimillonario, que le dará pauta para convertirse en un arquitecto de alto estrato, ¿será posible culpar a la academia por volvernos arquitectos que escuchan y analizan las demandas y necesidades de un cliente? Se podría retomar una vez mas la moral y la ética de cada arquitecto, en la cual no necesariamente se estaría hablando de rechazar la oferta, sino mas bien convertirla en un proyecto provechoso que saliera de las expectativas del jurado o cliente y por lo tanto llegara a tener un grado ventajoso para la sociedad.

Ahora bien, si hablamos de los concursos que realiza un gobierno para su infraestructura, o su beneficio económico, Owen diría en el caso del estadio olímpico en Pekín (2008) de Herzog & De Meuron que: “the commissioning of architectural works forms of notable Western practices was, in the Chinese context, equivalent to buying a Gucci bag or a Mercedes Benz- transformative, yes, but in terms of the perceived status of the consuming individual, rather than of political practices or social justice.”[6] Por lo que podríamos referirnos al caso de la Autopista Urbana Norte en la Ciudad de México, en donde el gobierno benefició a una minúscula parte de la sociedad brindándole un segundo piso de autopistas, para aquellos que tuvieran vehículos pudieran circular libremente por la ciudad a un bajo coste. Lo cual nos lleva a preguntarnos si la empresa constructora OHL, o el gobierno, tuvieron la ética o la moral de recapacitar si ésta era la mejor opción para la población del Distrito Federal, o si sería mejor  brindarle un mejor transporte publico al ochenta por ciento de los habitantes que no la utilizaran, por su costo o por su carencia de medio de transporte para utilizarla. Por lo tanto podemos preguntarnos si se tuvieron como Rem Koolhaas establece: “On our own we can at most have good intentions, but we cannot represent the public good without the larger entity such as the state… To make matters worse, the more radical, innovative and brotherly our sentiments, the more we architects need a strong sponsor.”[7] . Esto nos lleva a reestablecer que sin el gobierno la arquitectura no se realiza y sin la arquitectura el gobierno no se manifiesta.

En fin, son tiempos lúgubres y obscuros los que le brinda el gobierno y la economía a la arquitectura si éstos continúan estando de la mano en sus futuros proyectos. El poder brindándole oportunidades y patrocinios a la arquitectura y la arquitectura prostituyéndose para poder luego por si solo subsistir. El problema en sí es que falta dar este ultimo paso, ¿cuándo  la arquitectura podrá subsistir por sí misma y no necesitar de estos apoyos?, o ¿cuándo todos hablaremos el mismo idioma de morales, no un idioma en particular de alguien o algo en especifico, no moral tradicional sino una moral y ética unánimes?.

Bibliografía Consultada

  1. Graham Owen, “Introduction” in G.Owen (ed.), Architecture, Ethics and Globalization, Londres: Routledge, 2009.
  2. Documentales: “The Bird’s Nest”, “The Dubai in me”, “ORDOS 100” (disponibles en la carpeta de dropbox)
  3. http://dialogos.pideundeseo.org/inmuebles-notables/estela-de-luz-vs-arquitecto-cesar-perez-becerril-¿de-quien-fue-la-culpa (13.05.13)
  4. http://revistareplicante.com/museo-de-la-mediocridad/
  5. http://noticierostelevisa.esmas.com/df/518748/inaugura-ebrard-tramo-autopista-urbana-norte/

[1] Graham Owen, “Introduction” in G.Owen (ed.), Architecture, Ethics and Globalization, Londres: Routledge, 2009. P.1.

[2] Ibid. P.2

[3] Ibid. P.3

[4] Inid P.2

[5] Ibid. P.3

[6] Ibid. P.10

[7] Ibid. P.11

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