THE BIG EXPERIENCE

Foto de portada en el facebook de BIG

Marina Baró

Analizando el video de Bjarke Ingels para TED me vienen diversos conceptos a la cabeza: su juventud, su ropa, la manera de moverse, como un enfant terrible, con humor y desparpajo. Parece un producto de Universal Studios para promocionar alguna de sus películas. Lástima de su estatura, porque tendría todas las cualidades para ser una estrella de cine. Buen actor o buen arquitecto debe ser si, de entre tantos, estamos hablando en concreto de este chico de 38 años de nacionalidad danesa, que incluso impresiona a otra generación de arquitectos de mayor edad, entre ellos: Gehry, Foster o Zaha. Mis dudas sobre sus capacidades arquitectónicas son lo que intentaré explicar a continuación.

Su generación, y por ende la mía, parece condenada a inventar una marca “YO”, generar unas estrategias de marketing y venderse al mejor postor. Y esto es algo que sucede en cualquier profesión: desde los más evidentes que podrían ser los periodistas que trabajan en televisión, a los pasteleros o, nosotros, los arquitectos.

Puede que lo que describiré sea extensible a otras profesiones y sujetos, puede que hasta sea banal y sin sentido pero, sin querer pecar de intransigencia, aprovecharé  para revindicar el uso del lenguaje con rigor.

Me refiero a que el uso de lenguaje sin rigor deriva a los mares del discurso vacío. Como bien podemos observar si encendemos el televisor o escuchamos a un político divagar.

Por ejemplo, cuando nuestro sujeto de análisis en este específico texto se dirige a su edificio X basado en la torsión de un paralelepípedo y lo etiqueta como racional, me pregunto: «¿De verdad, querido Bjarke, asistió usted a clase el día que explicaron el racionalismo arquitectónico?»  Quiero suponer que así fue, por lo tanto busco el diccionario más cercano (google) y destripo la palabra ‘racional’ intentando hallar una definición adherible a su creación. Descarto el hecho que se refiera a un ser con capacidad de pensar, a un elemento que se derive de la lógica, relativo a la razón, o un número… tampoco. En otro momento del video (creo que más allá de él también) confunde el concepto de hibridación, que es la realidad de su arquitectura, con la etiqueta que elige: evolución, más vendible en todo caso. Evolución es arrancar del pasado y, en base al ensayo-error, descubrir una formula nueva que supere a la anterior en algunos aspectos. Para Bjarke, hibridación es mezcla: tomar un parking y unos áticos, meterlos en la coctelera y, sin muchas pruebas, colocarle una foto de una montaña (como quien coloca una sombrillita), un nombre bonito y sacar un nuevo concepto al mercado.

¿Será un patinazo este uso de las palabras? No. Mi estimado Bjarke sabe que para vender su edificio debe hacer que su comprador lo relacione con algo que conozca, hacerle sentir inteligente y valorado.

Cuando más adelante en su speech se refiere a  un supuesto espacio publico en planta superior, lo ilustra con uno de sus renders siempre ambientados en el País de las Maravillas. Seguidamente, sin dar un respiro a la mente, coloca una foto de un lugar de referencia mundial, como por ejemplo las escalinatas de la plaza de España en Roma. Cuando usted querido Bjarke visualiza una montaña tapizando la fachada de su proyecto en Holanda no se le ocurre más que contratar a un fotógrafo chino para que le haga una foto del Himalaya, la montaña por excelencia. Su estrategia consiste en usar músicas evocadoras, imágenes románticas, colores chillones, todo para vender un producto que mas allá de un render o un sketch tiene poco de evocador ni de romántico.

Sensibilidad del lugar nula.  Ésa es una variable en alza en esta hornada de arquitectos enamorados de las redes sociales ylos baños de masas vía TED Talks o corazones en Times Square. La tendencia generalizada, o el efecto 2000 que nos ha traído la globalización de esta era informatizada hasta los limites de la dignidad. El juego engañoso de vender lugares de ensueño muy ecológicos, sostenibles, con huella de carbono 0 y verdes, sobre todo, verdes. Pero que luego resultan no ser ni ecológicos, ni sostenibles, ni verdes ni, desde luego, económicamente rentables. Resulta, tanto en el papel como en la práctica, ser una estafa encubierta.

Si analizamos su recorrido, descubriremos que BIG es una empresa que genera proyectos entre el boceto y el esbozo, y los promociona y vende con desmesurados renders. Y éstos rara vez serán construidos. ¿Esto está mal? No, la teoría en arquitectura es necesaria, las ciudades futuristas de Sant’Elia o utópicas de Yona Friedman, los miles de planes urbanísticos de le Corbusier son un ejemplo. Con la diferencia de que éstas tenían un contenido filosófico-político potente que no veo ni por asomo en los bocetos de mi querido Bjarke.

Podríamos decir que hemos encontrado un arquitecto capaz de crear una receta para ganar concursos. Me gustaría saber si después de él vendrán otros más que usen la receta. Es más, me gustaría saber si esta receta la podría hacer yo misma en el hornillo de casa pero sin que acabáramos saliendo todos intoxicados y con los pelos de punta.

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